¿Debo disculparme? Sí. Traigo un caparazón sobre mi cuerpo, forjado durante miles de años. Pertenecí a los cazadores nómadas que dejaron muchos hijos sin atender, incluso sin conocer. En efecto, después cargué enormes piedras para la construcción de templos y montículos, y me consideré superior a mis compañeras mujeres. Labré capiteles y pilares en Mesopotamia y Egipto. Decidí construir el techo de las casas y no tejí el ropaje de nuestros cuerpos. Dejé también la cocina y me desentendí (una vez más) de mis descendientes. Fui filósofo en el Ágora y haciendo a un lado a la mujer y ensalzando los logros masculinos. No permití un desarrollo equitativo y generé la invisibilidad de todo lo positivo que iba alcanzando el área femenina. Inventé religiones con mandos masculinos. Incluso con relaciones poligámicas ejercidas por ellos. De ahí surgió que, si una mujer hacía lo propio, la nombraría (y la nombro) con el peyorativo de prostituta. Construí, por todo el orbe, imperios sin empera...
El juego comenzó cuando Imhotep tocó el balón y fue conducido por una de las máximas estrellas en el campo: Marco Lucio, quien, por cierto, lució una de sus mejores estrategias (Obvio: lucía el número 10 en la casaca). Frank Lloyd se barrió (como si anduviera en la pradera) y se apropió del esférico. De hecho, pocas veces lo soltó. Todo se le dio, como en cascada... En el otro equipo, el que inició el encuentro, los jugadores se agrupaban en torno al gran Corbu . [Se dice que nadie ha manejado mejor el balón]. Así, la pelota cambiaba constantemente de cancha. A veces la movía Zaha , otras, Sullivan o Niemeyer . El árbitro principal, Bruno Zevi , declaró un penalty debido a una mano dentro del área chica de Renzo Piano. Mies Van der Rohe cobró la infracción y la falló. De plano no pudo concretar... Esto desenlazó una molestia general, a tal grado que los ánimos se fueron caldeando. Ke...
No entiendo el concepto de echaleganismo. Conocí un trío de hermanos: uno era alcohólico, otra era prostituta y la tercera, cocainómana. Y entre los tres se les daba el practicar el echaleganismo. Le decía uno al otro (o a la otra): –Échale ganas. Y la respuesta era: –Le estoy echando ganas, pero por más que hago, no puedo salir... Nunca entendí qué hacían o cómo pretendían abandonar sus actividades cotidianas. Desde entonces he tratado de no utilizar esa frase desgastada y ambigua. * Basado en hechos reales ⓘ ™
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