Ella


La llevé en mi corazón; no en el fondo sino muy a flor de piel: en una de las áreas más sensibles de mi ser.
Nuestros rumbos no se habían bifurcado; de hecho creo que llevaban una cierta concurrencia con objetivos relativamente comunes o, por lo menos, dirigidos hacia un sentido afín.
Por eso veía un horizonte resplandeciente y esperanzador (éste sí, referido hacia cualquier línea o destino radial).

Cuando corrió la tinta (al menos de mi parte –en torno a aquel legendario NOSOTROS–), surgieron bellas e innovadoras letras cuyas características aún no he sido capaz de definir.
Algo o mucho de ese material se extravió entre el camino del abandono y/o cierre de varias páginas pertenecientes a mi vida.
Esto se suma a una amplia lista de pérdidas, tanto humanas como materiales, que forma parte imprescindible del presente.
No resiento tales ausencias porque, creo, ello me ha llevado a permanecer en producción constante, desde mis textos tempranos (los que, al zozobrar en el río de las ilusiones, me hicieron reescribir y neoescribir con técnicas y estilos cada vez más audaces), hasta las pérdidas más recientes, que me incitan a mantener y mejorar el músculo creativo en todos los sentidos, rubros y acepciones posibles.

Parte (o mucho) de la paciencia y/o tolerancia que manifiesto en la actualidad, se debe a la aceptación, pero sobre todo a la cabal comprensión, de asumir que lo que hoy se tiene, probablemente mañana se esfume o... se marche.

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